sábado 28 de enero de 2012

Chungos

Generalmente cuando tienes un mayor en casa, y más aún cuando éste mayor tiene cáncer simepre estás al loro por que cualquier cosita puede ser un adiós.
El abuelillo en cuestión está muy mayor. Ahora, cuando lo ves, no te llevas ninguna sorpresa.
Esto hace unos pocos meses no era así. Es sorprendente como hace menos de un año todo el que conocía al abuelillo no podía dejar de comentarte que qué pasada, que parecía un chaval y que estaba como un toro, que vaya salud envidiable y que qué torrente de vitalidad y salud.
Primero en un par de meses pegó un pequeño bajón, muy rapido, pero nada alarmante. Coño, era normal, estaba muy mayor y el tiempo pasa, algún día tenía que empezar a notársele.
Un bulto, una operación, un análisis, cáncer, otro bulto, otra operación, quimio y por fin una tercera y última operación antes de decidir que ya no habría ninguna otra. Quimio, efectos secundarios en el aparato digestivo y a la mierda la quimio. Sólo queda esperar.
Uno de los bultos, el más grande le producía cojera y empezó a molestarle. Ahí fué cuando empezamos con los calmantes. Suaves, nada fuerte, el dolor tampoco era como para algo más fuerte.
Además, el abuelillo se ha caracterizado toda la vida por no sentir el dolor. Cosas que a cualquiera le hubiesen arrancado un grito y que incluso de verlo te daba repeluco, para él era como si oyera llover. Todavía me acuerdo el día en que intentando coger un conejo se metió el muy animal en una atunera.
Ahora cuando miras al abuelillo ves realmente a alguién de su edad, pero te parece increíble que hasta hace bien poco fuese un superabuelo. Él lo lleva con resignación. Con la cabeza bien alta.
Ayer le dió un chungo. De repente se quedó blanco, le fallarón las piernas y se tumbó en el suelo. Lo levantamos, lo llevamos a su cama, le hablamos, le preguntamos que qué le pasaba. No se podía mover, estaba como si cada parte de su cuerpo se hubiese transformado en gelatina. Un peso muerto.
Corriendo a urgencias. Nos temíamos lo peor, yo ya iba con la idea de que no saldría de allí. Antes de entrar por la puerta, y como diciendo "NO ME VÁIS A ENTERRAR CABRONES" Va el hijoputa, se levanta y se pone a andar.
La palidez en la piel y mucosas indicaba que había sufrido una bajada de tensión. Esta bajada de tensión podía deberse a dos cosas. Un sangrado interno de alguno de los tumores o una bajada de azúcar o desmayo por anémia.
Una ecografía y un análisis de sangre después desvelan que no tiene ningún sangrado y que tiene un poco de anemia pero nada preocupante. Aparte del cáncer tiene todos los niveles cojonudos, le funciona perfectamente el corazón, los riñones..., todo.
Ciento once euros de factura.
Ya le he dicho al abuelo de mi perro, Nenu, que no me dé estos sustos. Que yo lo siento, pero que la próxima vez que esté chungo me voy a esperar a que eche la lengua fuera, que no están las cosas para facturones de veterinarios.
Y él me ha contestado que me vaya a mierda, que si me he pensado que voy a tener que sacrificarle que me vaya olvidando por el momento que él no está por la labor.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Mucho ánimo hijoeputa,sigue escribiendo