martes 10 de noviembre de 2009

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Abrí el asiento de la moto buscando el destornillador de las herramientas que llevo dentro, nada, estaba en casa, lo había subido para no sé que coño. En el coche no tenía herramientas de ningún tipo, ni a la vista había nada que pudiera utilizar como palanca ni nada parecido. Cerré el coche y salí literalmente corriendo hacía el ascensor para subir a casa. Me temblaban las manos al girar la llave de la puerta.
Herramientas, armario pasillo, caja, destornillador, si, martillo, mejor. Otra vez corriendo hacia el sótano.
Tenía los pantalones negros de arrástrarme por el suelo lleno de hollín del garaje, me sudaba la frente y una pequeña gotita de sudor pendía de la punta de mi nariz. No entendía el por qué de esta fiebre descubridora pero tampoco podía negarme a este impulso.
Con el destornillador a modo de cincel y dando golpes con el martillo conseguí agrandar un poco el agujero de la pared. Lo suficiente como para echar un vistazo dentro. Lo que veía era una recámara en la que había una caja de madera con incrustaciones y remaches de estilo medieval en metal dorado parduzco, gastado por el tiempo y sucio. La caja era de aproximadamente unos 30 cms de ancho, por 20 de fondo y apenas unos 10 de alto. Tenía una cerradura y ningún tipo de asa. Sacarla iba a ser difícil, entre otras cosas por que con ese tamaño tendría que picar bastante y el muro de hormigón estaba muy, muy duro. Mi improvisado cincel estaba completamente desgastado y eso que sólo acababa de empezar.
Tocaba cambiar de estrategia, eso lo podía hacer por que el ansia por descubrir que era lo que había al otro lado había sido en parte calmada. Me paré a reflexionar y pensé que a lo mejor era más fácil abrir la caja dentro de su prisión que intentar sacarla de la pared.
Apoyé el destornillador de canto sobre la ranura de la tapa de caja, di un fuerte golpe con el martillo y la tapa con un crujido seco, como de resorte se entreabrió. Nuevamente apoyé el destornillador sobre parte de la pieza de metal de la cerradura que había quedado al descubierto y le di otro golpe fuerte y seco. Terminó de saltar.
Ohhhhhh Dios!!!, ya casi lo tenía. Lo tiré todo a un lado y me apresuré a meter la mano dentro de la caja.
Había un forro de terciopelo. En medio, como si fuese una pluma en su estuche había un cilindro que al tacto parecía metálico. Era casi igual de largo que la caja y tendría unos 5 cm de grosor. Toqué el borde. Estaba hueco, era simplemente un pequeño tubo metálico y liso sin ningún relieve y sin ninguna inscripción.
Lo saqué de la caja y del hueco en la pared. ¡Menuda mierda! Lo que tenía en la mano era algo así como un trozo de tubería de cobre. Molaba más la caja que lo que había en su interior. ¿Por qué alguien se había tomado tantas molestias en esconder algo tan simple?